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  • Iñigo García Ureta

Ha muerto Mario Muchnik y hoy es un día de necrológicas varias, que revisan aquello que se estima reseñable. Nos dirán que fue un editor del siglo XX y no les faltará razón.


Hay dos cosas que muchos pasarán por alto y que no quiero dejar de apuntar. La primera es que antes de que acabara el siglo pasado ya era un absoluto pionero en ese DIY editorial que hoy damos por hecho: cuando nadie más maquetaba en casa, Mario ya había convertido su despacho doméstico y su ordenador personal en una auténtica editorial de guerrilla. Así es como pudo tirar tantos libros con un coste mínimo, y permitirse proyectos que otros, aún anclados en usos de otro tiempo, ni siquiera imaginaban cómo echar a rodar.

La segunda es un apunte que dejó caer en su semblanza de Bruce Chatwin; cómo éste le había asegurado que se necesitaban TRES y NO DOS factores para hacer un gran libro. (Digo dos porque durante décadas todos pensaban que para hacer un gran libro bastaba con tener una buena historia y las tablas necesarias.) Chatwin le dijo a Muchnik que para hacer un gran libro se precisaba 1) tener algo que contar; 2) saber contarlo y 3) querer contarlo. A partir de ahí, cuando le llegaba un manuscrito que pinchaba en hueso, Mario solía plantearse qué era lo que fallaba: hay mucha gente que quiere y sabe, pero no tiene qué contar, así como hay quien tiene algo y quiere, pero no sabe. Y luego están los que en el fondo no quieren. Esto parecerá una estupidez, pero sigue siendo uno de esos consejos que cambian una vida. Yo al menos lo leí hace al menos dos décadas atrás, y jamás lo he olvidado.

Descanse en paz.

  • Iñigo García Ureta

Actualizado: 27 feb

Dentro de nada llegará a las librerías una nueva edición de UN ENSAYO SOBRE TIPOGRAFÍA de Eric Gill. En este caso, tanto la traducción como la introducción son mías.


Esta nueva edición interesa por dos motivos: el autor y la obra. Escultor, lapicida y tipógrafo, Gill fue un personaje clave en el arte británico del siglo pasado. Relacionado con otras figuras como William Morris o Edward Johnston, su obra está repartida por todo el país. Su tipografía más famosa, la Gill Sans, es omnipresente incluso a día de hoy. Y sin embargo, cuando Fiona MacCarthy publicó su biografía, la antigua imagen de aquel artista excéntrico convertido al catolicismo pasó a segundo plano ante las pruebas de que Gill habría anotado cuidadosamente en su diario las veces que se acostó con sus hermanas, hijas y perro. De ahí que hoy Gill sea un ejemplo perfecto del revisionismo histórico que afecta a tantas y tantas figuras cuya imagen nos había llegado envuelta en una falsa hagiografía de artesano que hacía monumentos para los héroes de la Gran Guerra y la Catedral de Westminster.

Por otro lado está el ensayo en sí. Antes de emprender este proyecto mi gran duda era qué relevancia podría tener el rescatar hoy un texto sobre tipografía publicado hace ya casi un siglo. Porque hoy un lector puede jugar a su antojo con la fuente, el cuerpo y el interlineado del texto que lee en pantalla. Lo que descubrí, y el motivo último por el que acabé asumiendo el proyecto, es que con la excusa de hablar de tipografía Gill nos ofrece una semblanza de los efectos de la revolución industrial en el desempeño cotidiano que tiene un claro reflejo en nuestra vida y gestión del tiempo en esta era digital.



Alguien me preguntará por el porqué de meterme en camisa de once varas y aludir a la sórdida historia de Gill. A fin de cuentas, en español ya contamos con otra edición de este ensayo donde no se dice una palabra sobre el tema. Mi respuesta es doble: 1) a quien se gasta su dinero en un libro se le supone el criterio necesario para juzgar por sí mismo y no suele ser amigo de condescendencias; y 2) la historia son luces y son sombras y no ganamos nada con edulcorarla. Bajo la alfombra las migas siguen presentes.

  • Iñigo García Ureta

Acabo de ver que casi han pasado cinco meses desde la última entrada.

No ha sido aposta. En realidad, he pasado por un largo periodo de sucesos familiares que han requerido mi atención.

Esto no significa que me haya quedado cruzado de brazos, ni mucho menos. A finales de enero salió La cultura del odio en Capitán Swing. Un libro bueno y necesario de Talia Lavin que está teniendo una excelente repercusión en prensa.




En unas semanas aparecerá el Ensayo sobre tipografía de Eric Gill, con una introducción que me ha llevado tanto tiempo como su traducción, pero que no podía ser más necesaria, por ser su autor una figura polémica y estar su texto necesitado de una reinterpretación urgente.


Y en breve tendremos también un libro de John B. Thompson que he traducido para Trama Editorial y que resulta imprescindible para entender los efectos de la revolución digital para la industria del libro.


Estos son algunos de los proyectos que puedo contar. Hay muchos más, como la edición de un libro de unas figuras capitales del mundo editorial de finales del siglo pasado y principios de éste, la biografía de una de nuestras grandes reinas o el divertidísimo libro de uno de los roqueros más inteligentes y deslenguados del palmarés patrio, pasando por un proyecto paralelo artístico que pronto nos llevará a realizar una intervención en una ciudad europea. Todos proyectos para este 2022.

Feliz día.