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  • Iñigo García Ureta

Dentro de nada se pone a la venta LA UTILIDAD DE LEER, una antología de ensayos de Chesterton que he preparado para Trama Editorial.

Seguiremos informando.

  • Iñigo García Ureta

Actualizado: 4 may 2021

En 1974, Chris Frantz fundó los Talking Heads con David Byrne y Tina Weymouth. Tina, bajista del grupo y esposa de Frantz, ha sido una verdadera pionera del rock and roll y seguramente es también el miembro más interesante de todos, pero en los Talking Heads la estrella siempre fue Byrne, el cantante, y así se ha escrito la historia hasta la fecha: Byrne era el genio y los demás ( con Jerry Harrison a la guitarra y teclados), meros secundarios.

Ahora Frantz se saca la espina publicando sus memorias, en cierto modo escritas contra David Byrne. En el libro enumera los motivos que le mueven a sentirse dolido con el cantante y casi siempre convence al lector, aunque de cuando en cuando estira el chicle demasiado (ie., sabe que Byrne es autista y aun así no deja de reprocharle que en un par de ocasiones no le mirara a los ojos). ¿Mi opinión? Me tomaba mejor un café con Frantz que con Byrne.

Frantz no es el roquero al uso: su padre era general; él se crió en un internado pijo en Virginia donde todo era más blanco que un bote de Ariel y su madre le regalaba los polos de Lacoste que luego él compartía con Byrne. Salvo en ocasiones, se muestra sincero, aunque a veces le cueste, como cuando dedica un capítulo a la navegación en velero para acabar revelando, como de pasada, que una adicción a la farlopa casi le cuesta el matrimonio. En fin, nadie es perfecto.

¿Lo mejor del libro? Por un lado, la atmósfera de aquella ciudad de Nueva York de mediados de los setenta con los apagones, los vagabundos del Bowery, Paul Newman de compras por el Upper East Side, el verano de Sam y los tazones de chili con carne que servían en el CBGB. Los retratos de tantos y tantos artistas, desde Johnny Ramone o Brian Ferry o Phil Spector o Brian Eno (spoiler: ninguno de ellos le cae bien) a otros queridos o adorados, como Lou Reed, Iggy Pop, Debby Harry, Mick Jagger, los B-52, los Dire Straits, los Fabulosos Cadillacs, Andy Warhol, Lee "Scratch" Perry, Julien Temple, Robert Palmer, Joe Strummer, Grace Jones...

Por otro, está la misma música que se mastica en el libro. Como baterista, Frantz es más Charlie Watts que John Bonham: un profesional interesado en lograr que la gente mueva el culo que no necesita hacer florituras. Y eso, que la música funcione, es lo que alimenta las mejores páginas del libro. El mejor ejemplo se encuentra en una anécdota sobre Aretha Franklin que le narra Jerry Wexler:


Antes de fichar con Atlantic Records, Aretha era una artista de la Columbia, donde no la dejaban tocar el piano en sus propios discos. Siempre había algún músico de sesión que tocaba el piano. Sólo se le permitía cantar. Bueno, el caso es que con Columbia no grabó ni un solo éxito. Luego fichó con Atlantic y fue a grabar «I Never Loved a Man (The Way That I Love You)» a Muscle Shoals. Y allí, en una sesión en que a los Swampers les estaba costando dios y ayuda dar con el ritmo adecuado para el tema, Jerry le pidió a Aretha que se sentara al piano y les cantara la canción. Cuando lo hizo, la banda supo al instante cómo debía ir acentuado el tema y el pianista de estudio, el gran Spooner Oldham, se pasó al piano eléctrico Wurlitzer. Todos siguieron a Aretha. Desde aquel momento ella tocó el piano en todas sus sesiones de grabación. Por cierto, «I Never Loved a Man (The Way That I Love You)», el primer single de Aretha en Atlantic Records, llegó al número uno de la lista de R&B y al número nueve de la lista de Hot 100.


Hay un famoso dictum de Zappa según el cual escribir sobre música es tan apto como bailar sobre arquitectura. Bene. Sin embargo, a veces nos topamos con ejemplos de cómo da resultado dejar que la buena gente haga su trabajo sin interferencias. En un mundo cada vez más lleno de profesionales freelance, todos tenemos la experiencia de ver cómo nos contrata alguien que más que dejarnos trabajar pretende enseñarnos el oficio. Y a veces, en casos como ése, conviene llevar en la recámara una anécdota como ésta, donde se demuestra que basta con confiar en aquel al que has contratado. Hasta para obtener beneficios. La mejor prueba de ello es que, gracias a haber podido cantar y tocar tal y como creía que debía hacerlo Aretha ganó mucho dinero, hizo ganar aún más e influyó en miles de otros músicos.

Por cierto, tanto las memorias de Frantz como la biografía de Aretha están en Libros del Kultrum. Mi gratitud eterna a Julián Viñuales por darme la oportunidad y por ser un interlocutor impecable.


[Nota: needless to say, ninguna de las imágenes que ilustran este post es mía. Al ser conocidas por el público me he saltado el protocolo de citar a sus autores, pero no perderé un segundo en retirarlas si alguno de ellos, o sus herederos, así lo estiman conveniente.]


  • Iñigo García Ureta

Acaba de aparecer el último número de Texturas.

Haciendo clic en la imagen podrás leer mi texto, la nota que cierra Simpatía por el traidor.

Espero que os guste.