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  • Iñigo García Ureta

Eric Gill

Actualizado: 27 feb

Dentro de nada llegará a las librerías una nueva edición de UN ENSAYO SOBRE TIPOGRAFÍA de Eric Gill. En este caso, tanto la traducción como la introducción son mías.


Esta nueva edición interesa por dos motivos: el autor y la obra. Escultor, lapicida y tipógrafo, Gill fue un personaje clave en el arte británico del siglo pasado. Relacionado con otras figuras como William Morris o Edward Johnston, su obra está repartida por todo el país. Su tipografía más famosa, la Gill Sans, es omnipresente incluso a día de hoy. Y sin embargo, cuando Fiona MacCarthy publicó su biografía, la antigua imagen de aquel artista excéntrico convertido al catolicismo pasó a segundo plano ante las pruebas de que Gill habría anotado cuidadosamente en su diario las veces que se acostó con sus hermanas, hijas y perro. De ahí que hoy Gill sea un ejemplo perfecto del revisionismo histórico que afecta a tantas y tantas figuras cuya imagen nos había llegado envuelta en una falsa hagiografía de artesano que hacía monumentos para los héroes de la Gran Guerra y la Catedral de Westminster.

Por otro lado está el ensayo en sí. Antes de emprender este proyecto mi gran duda era qué relevancia podría tener el rescatar hoy un texto sobre tipografía publicado hace ya casi un siglo. Porque hoy un lector puede jugar a su antojo con la fuente, el cuerpo y el interlineado del texto que lee en pantalla. Lo que descubrí, y el motivo último por el que acabé asumiendo el proyecto, es que con la excusa de hablar de tipografía Gill nos ofrece una semblanza de los efectos de la revolución industrial en el desempeño cotidiano que tiene un claro reflejo en nuestra vida y gestión del tiempo en esta era digital.



Alguien me preguntará por el porqué de meterme en camisa de once varas y aludir a la sórdida historia de Gill. A fin de cuentas, en español ya contamos con otra edición de este ensayo donde no se dice una palabra sobre el tema. Mi respuesta es doble: 1) a quien se gasta su dinero en un libro se le supone el criterio necesario para juzgar por sí mismo y no suele ser amigo de condescendencias; y 2) la historia son luces y son sombras y no ganamos nada con edulcorarla. Bajo la alfombra las migas siguen presentes.

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