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  • Iñigo García Ureta

TRES SUGERENCIAS Y UNA ANÉCDOTA

Actualizado: 24 sept 2020

Llevo un tiempo sin actualizar el blog por culpa de la vida, un manual de 700 páginas no sin complicaciones del que aún no toca hablar, futuribles varios y, en fin, la vida otra vez. Parte de mi trabajo consiste en hacer cosas que sólo se verán más tarde.

Sin embargo, quiero haceros tres sugerencias que no tienen que ver con mi tarea y que aun así son la bomba, te harán mejor persona y suponen el contrapunto perfecto para ese festival de cine de terror en que se han convertido los noticieros.

La primera lleva todo el verano asombrándome y cerrará sus puertas pronto: el 12 de octubre. Se trata de la exposición de Ramón Masats que ha comisariado Chema Conesa en Tabacalera. Cuando llevé La Fábrica editorial trabajé codo con codo con Chema y tiene toda mi admiración. Lo que ha hecho con Masats es de quitarse el sombrero. Y cualquier excusa para pasarse por Tabacalera es buena.



La segunda es la mejor exposición que he visto en lo que va de año: Buckminster Fuller en Fundación Telefónica. Tanto por contenido como por diseño expositivo es de quitarse el sombrero. Exposiciones así son la verdadera razón por la que merece la pena vivir en una gran ciudad. En cuanto a Fuller, qué decir. Su obra y su pensamiento siguen inspirándonos tanto que cuesta no sentir curiosidad por la persona que había detrás. (En este sentido, es fácil ver cierta similitud con otra figura que se cuela en la expo, la de Neri Oxman.)

Y por último tenemos en Festival Ja!, del 2 al 11 de octubre. Desde 2010, y comandado por el escritor Juan Bas: este festival celebra el humor en arte y literatura, de forma gratuita, practicando con el ejemplo y, ahora más que nunca, con la posibilidad de disfrutarlo en streaming y en su canal de Youtube.


Acabo con un apunte personal, sobre el director del Ja!, que durante años se labró una merecidísima fama de golfo defensor del humor sobre todas las cosas. El antídoto personificado contra la ñoñería. Imagino que sigue igual, aunque hace algunos años que no coincido con él. Aun así, mi gratitud hacia él es inmensa por una anécdota que me contó y por el colofón que le puso, y que viene guiándome desde entonces. Lo mejor es que me juego el cuello a que no la recuerda, porque de esto ha pasado mucho tiempo.

El caso es que cumple años justo antes de Navidad y me acerqué a darle un tirón de orejas. Tras haber sido gionista de éxito, por aquel entonces sus novelas generaban muchas traducciones en otras lenguas. Vamos, que no paraba quieto. Sin embargo, ante el inevitable gin tonic no me habló de trabajo. De buenas a primeras, me contó que hacía poco había recibido una llamada para decirle que su hija había sufrido un accidente e iba camino del hospital:

—Mientras salía disparado escaleras abajo se me pasó por la cabeza que nadie me había sabido decir con claridad si estaba o no consciente, o qué le había sucedido. Ahí fue cuando me di cuenta de que todo, absolutamente todo lo que me ocupaba la cabeza hasta ese segundo (facturas, problemas, el que para Italia hubieran elegido una ilustración de cubierta, lo que fuera) no valía nada en comparación con que mi hija estuviera bien.

Entonces encendió un Marlboro (todos fumábamos) y añadió:

»Creo que he dejado de pensar en los días como buenos o malos. A partir de ahora, si no hay nadie en el hospital, vaya como vaya la jornada ha sido un buen día.

Y desde entonces, vaya como vaya la jornada, por mucha mierda que me caiga encima, si ninguno de mis seres queridos está en el hospital sé que ha sido un buen día.


Gracias por tu tiempo.

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